—Sí.

—¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...

—Afortunadamente...

Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:

—¡Las once... y nublado!

—Las once ya—repitió Pilar.

—Pues don Ignacio trabaja todavía.

—Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.

—Es verdad.

Hablaron de las faenas menudas de la casa.