—¿Quién va á lavar esta semana?—preguntó Maximina.

—Me corresponde lavar á mí.

—¿Hay jabón?

—Me parece que no.

Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.

—El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella—continuó Maximina.

—Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más peleador; á sus hermanos no los deja vivir.

Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de agua corriente, producida por el viento entre los árboles.

—Mañana tendremos mal tiempo—observó Pilar.

—Creo lo mismo.