Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se buscaron.
—¿Has visto?
—Sí.
Examinaron la lámpara.
—¿Habrá sido un temblequeo de la luz?
—No, sé.
Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un segundo—sólo un segundo—imaginaron ver resbalar por la blancura de la pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las dos.
Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como disponiéndose á huir.
—Tengo miedo—dijo—; eso es el amo, que se ha marchado.
A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.