—¿Dices que es el amo?
—¿A dónde quieres que vaya?
—A su cuarto.
—Yo, no me atrevo.
Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, se levantó.
—Vamos las dos.
Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.
—¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!
Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la miró con odio y desdén: