—¡Cobarde!... Iré yo sola.
Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, de don Gil, reposaba sobre las almohadas.
Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había seguido. Preguntó:
—¿Está?...
Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de puntillas.
—Sí... está...—balbuceó.
Hizo un gesto y bajando mucho la voz:
—Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú comprendes?...
XI
La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.