El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.

El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj de cuco.

En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y neciamente perdió la partida.

Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me gustan—decía—las armas blancas...» De media en media hora pedía un vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se pareciese á «la Coja!...»—pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la puerta.

Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y estudiadas sonrisas.

Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las fieras cuando van á reñir.

Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar y nada más. A mediodía llegaban los devotos del vermouth: don Elías, don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.

Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva de una victoria.

Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del «treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.

Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa donde otros prestigios—los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, verbigracia—pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.