Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, descollaban allí.
Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.
Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por otros rasgos ó costumbres especiales.
Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de La Honradez se agarraba y cosía.
Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y palabras de alerta, espantaban su modorra.
—Levántate—decían—y vete, antes de que don Artemio abra la botica.
Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.
Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase en cobarde humildad.
Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:
—Buenas tardes, doña Amparo y don José.