—Buenas tardes...
El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.
Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:
—Ha vuelto á el—dijo—á esa edad en que la virtud deja de ser para nosotros un estorbo.
Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más segura?...
La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.
En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. La única singularidad digna de recordación que allí había, era el retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á doscientas pesetas.
—Pues si no tiene usted dinero—había dicho don Valentín—va usted á pagarme haciéndome un retrato.
—Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le costarán nada.