Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el pintor había compuesto una biografía.

Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de ideas, la voz del amo.

La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se alojaban allí.

El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de gusto.

Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.

Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.

No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el Casino de las mujeres.

De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y la inquietud de tantas haldas.

Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:

—¡Puertopomares... un minuto!...