Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el mismo pensamiento:
«Mañana lo veremos también...»
Y no pedían más.
La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente porque murieron esperándole?...
El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...
Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, sentían de pronto ganas de llorar.
XII
La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:
«Hay que matarle...»