A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.

«Hay que matar á Frasquito»—pensaba.

Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, todo vibraba claramente.

—Rita—murmuraba Toribio.

—¿Qué?

—¿Me oyes bien?

—Te oigo.

—¡Si supieses lo que me ha dicho!...

Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de escuchar, contraía sus labios.

—¿Qué ha sido?... dí...