Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.

Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este criterio, el bujero musitaba evasivas.

—Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.

Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al desenlace de su venganza.

Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo que el Rojo clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina le sonreía desde una ventana.

En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había soñado ó si, efectivamente, había visto...

A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y apaciblemente dormido.

—Anoche, precisamente—agregó la azafata—, el amo no salió; estuvo leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.

—¿A qué hora?

—Serían las diez.