Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una vacilación y una malicia.
—¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...
Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.
—Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.
Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole frente á frente de don Gil.
Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le servía de apoyo.
El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.
Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz pesadumbre.
—El pobrecito—dijo—empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo estarse quieto.
Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.