—¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio puede decirlo mejor que yo.

—¿Y el yoduro?...

—Igual.

—Creo que el yoduro realiza milagros...

—No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los reumáticos.

Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para servicio y contento de los suyos.

«No le odia»—pensaba Toribio.

Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse obligado á razonar su hilaridad.

—Me reía de los disparates que se sueñan...

Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante equivalía á una declaración de inocencia.