—Figúrese usted, don Gil—prosiguió—que anoche, á poco de acostarme, las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»

Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y superpusieron, y creyó soñar.

Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba inocente.

XIII

En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas alcobas.

Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no correspondido.

En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia que días después ejecutaba Ravaillac...

Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón de su vida en su pasado?...

Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.

Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen de la Muerte, caricatura de la Nada...