Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa teratología de los sueños.
En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu queda libre y dueño de acudir al sabat.
Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía despierto, estaba dormido.
El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.
A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan obesa.
Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.
En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su madre falleció del disgusto.
También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve producía en ellos igual evocación.
—Una nevada como ésta—decían—cayó la tarde en que Amelia, la mujer de Guijosa, se rompió la pierna.
Y, sonriendo, contaban las historia.