El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de adelgazar.

Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente estaba triste.

Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.

Una honda tristeza—tristeza de almas—llenaba aquel hogar. Esta emoción fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y maldición del cielo á su alma volvía.

Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el santo y que tuviera el perro.

Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.

Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y pidió un cepillo.

—¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?—preguntó la anciana.

Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en su memoria. De pronto, vió claro.

—¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...