Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.

—Vé—repuso—que allí lo encontrarás.

Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».

Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.

Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo de vanidades.

Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.

Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:

«Soy más hermosa que tú...»

A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca encendida y festera de su hermana, respondían:

«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»