Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.
El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.
Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación hondísima que removió y escandalizó su virginidad.
Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de aquella cabeza amarilla.
Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y misterioso don Gil?...
Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y rebelde, encantaba á don Gil.
Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.
Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo mismo que siempre vivió de él.
Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre, parecía derivarse de su inacción.
—¡Si yo pudiese trabajar en algo!—meditaba.