En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.

Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en juego como si el individuo estuviese despierto.

Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba una cuna.

Con esa portentosa facilidad—rapidez de luz—de los espíritus, don Gil lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y feliz—alma sin deseos—de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. ¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.

Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.

—¿Qué tienes?—le decía—; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...

El abría los ojos; destosía; se incorporaba.

—Sí—repetía—es verdad... estaba soñando...

Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un prurito de reñir, de romper.

Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier que dormía en la alcoba familiar.