—¿Y de qué muere usted?

—Del corazón.

—¡Ah!...

—Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...

El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación acrecentó la compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.

Preguntó don Gil:

—¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?

—Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, de nuestras conversaciones.

Agregó:

—Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.