—¿La visita usted todas las noches?

—Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...

Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.

Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés riquísimo. Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba su puesto.

Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.

—¿A quién espera usted esta noche?—preguntó el enano.

La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso huir. Don Gil la detuvo:

—No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale usted.

Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y confianza.

—¿Por qué me dice usted eso?