—Por su bien.
—¿Me amenaza algún peligro?
—Sí; uno muy grande.
—¿Vendrá mi marido?
—No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.
—¿Qué debo temer entonces?...
Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una ternura húmeda suavizó su brillo.
—Elvira—repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una firmeza paternal—, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta noche.
Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso hablar.