—Porque Manuel Peinado está enfermo.
Como un eco, ella repitió:
—Enfermo...
—Sí.
—¿De qué?
—Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma noche, á la una en punto.
Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había desaparecido.
—He soñado...—pensó.
Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.
A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella murmuró: