—¡He tenido mucho miedo!

—¿Por qué?...

—Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé dormida y soñé con don Gil...

El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.

—¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...

Y seguidamente, cambiando de tono:

—¿A ti no te duele el corazón?

—Nunca.

—¿No estás enfermo de nada?

El afirmó petulante.