—Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...
Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá esta noche, á la una en punto...»
Interrogó supersticiosa:
—¿Te irás temprano?
—No, como siempre. ¿A qué viene eso?
—No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te marches.
El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:
—Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando los cierras me parece que me quedo sola.
Peinado hizo un ademán de impaciencia:
—Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.