Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á levantar los párpados.

—No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no hables, pero necesito verte los ojos.

No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:

—¡Manuel!...

Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:

—Manuel...

Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una voz murmuraba:

«Ha muerto... Está muerto...»

Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.

Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo desatentada de un lecho á otro, las despertó: