—¿Ha muerto?
Toribio repuso incorporándose:
—No; respira...
Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción consoladora duró un instante.
—Hay que rematarle—dijo Toribio.
Ella afirmó con la cabeza; él agregó:
—Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.
—Es verdad.
—Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...
La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se aferraba á sus frentes estrechas.