Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un ritmo. Era un cuadro de pesadilla.

—¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...

Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, Rita gritaba:

—¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te quedas dormido!...

La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de perder el conocimiento.

En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La mujerona susurró:

—Ya está.

Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del río. Rita hizo un gesto negativo.

—No es nadie...

Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa: