—¿Creías que no podía defenderme?—barbotaba el pañero—; pues vas á echar los sesos por los oídos.
Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.
En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:
—Toma... toma... toma...
El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con compasivo y maternal acento:
—¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...
Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.
—¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... ¡Socorro!...—imploraba el infeliz.
A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de gran zalamería y piedad:
—¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... ¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te duele nada!...