—¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...

Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, retumbaban desoladores.

—¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me pegue usted más!...

Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería buscar su revólver.

—A ese miserable—repetía—le mato; ahora mismo le mato; no espero más: ¡Le mato!...

Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:

—Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y calla...

Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la que, tremante de furor, empezó á gritar:

—¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos quemarte los ojos!...

El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de un seguro y rectilíneo puñetazo.