Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos como guiñapos, rodaron por el suelo.

El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.

—¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los niños? ¿Por qué les pega?

La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á quienes aborrecía casi tanto como á su padre.

—¡Mira—repuso—qué bien!... ¡Si acabase con todos!...

El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. Empezó á gritar:

—¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los muchachos ó te doy un tiro!...

Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.

—Vamos, toma y cállate ya...

Frasquito Miguel siguió vociferando: