—Lo que usted disponga, eso haremos.
Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.
A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.
XV
Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...
Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á termino.
Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel, comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les improperaba:
—¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...
Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, los labios.
—¿Eh?—rezongaban—¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse insultar así!...