Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador que acecha ó que busca una pista en el suelo.

—Ya sé—musitó—, ya sé...

Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con el ademán:

—Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...

Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada en luz blanca.

—Acuesta á los niños—murmuró.

Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.

—Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de maza... ¿Comprendes?...

Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:

—Sí... ¿y qué?