—Lo soñé anoche—prosiguió Toribio—, me lo dijo don Gil, y cuando él hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.

La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:

—Sí, sí...

Continuó el bujero:

—Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.

Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.

—Ven... ¡pronto!...

A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, interrogaba.

—¿Sirve este?

Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.