—No.

—¿Y este?

—Tampoco.

Ella volvía á preguntar:

—¿Y este?

Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la calle.

Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las once.

—A las doce—dijo—la primera parte de la faena debe estar concluída.

Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:

—¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?