Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.
Entonces los Rojos volvieron al patio. El propósito de desherrar la mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y callando.
—¿Por qué no desherramos al burro?—insinuó la mujer.
Y él, imperativo:
—No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.
Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus nervios, una inflexión dulce:
—Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...
El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.
—Yo no veo nada—dijo—; preciso será traer luz.
El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.