—Tú la levantas una de las patas—ordenó Toribio—y la sujetas bien; no tengas miedo.
—¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.
—Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!
Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano iba devanando, repuso:
—También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y faena. ¿No te parece?...
El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla observación. Añadió, Rita:
—Así concluiríamos antes.
Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una fe inquebrantable.
—¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho don Gil!...
La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á tranquilizarla con la voz: