—Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...
Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.
Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo extraía con un chirrido breve.
—Fíjate—dijo á su hermana—en que falta un clavo aquí, á la izquierda.
—Bueno...
—Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.
—Bien, bien...
Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo, Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. Juzgando su obra bien concluída, murmuró:
—Estamos listos.
Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose en pie: