—Vamos...

Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:

—Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...

XVI

Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de dos fieras.

—Les estorbo—pensó—; quieren acabar conmigo, para robarme...

El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja para enterrarle.

—Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...

Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; acostado, no.

En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas y lacias.