Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego negro.

—Vamos con él—masculló Toribio—, vamos pronto, antes de que se manche más el suelo...

—Pero hay que vestirle—observó Rita.

—¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.

Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á encender nuevamente el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.

Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez del Rojo aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus redoblones, menos uno, y no sabía cuál.

—El primero de la izquierda—repuso Rita.

—¿Estás segura?—balbuceó él—Fíjate bien: hay que dejar la clavera libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en ello la vida...

Pero la mujerona no titubeaba:

—Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...