El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.

—¡Tenías razón!—exclamó.

En un santiamén la operación quedó concluída.

Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, junto á las patas traseras de la mula. La obsesión de Toribio Paredes era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.

Toribio murmuró:

—Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.

De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una pincelada maestra, y añadió:

—Espera aquí...

Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre aquellas señales de pulcritud que dejó la aljofifa, ensuciándolas de modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.

Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras en el remiso discernimiento de la mujerona.