—Mañana—dijo—, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.
Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:
—¿Por qué?
Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.
—Es mejor—se atrevió á decir—que te levantes tú primero.
—¿Para qué?
—Tengo miedo...
—¡Qué miedo ni qué porra!—masculló el pañero—¡Te mato como á él si no haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. Luego, á tus voces, saldré yo.
No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen dormir. La hiperestesia de sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.
Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos hermanos recobraron su serenidad.