Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.

—¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... ¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... ¡¡Socorro!!...

Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.

—¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...

Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á Rita.

—¿Qué pasa, qué sucede?—preguntaban.

Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde aquella mala hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre brotó.

En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose los calzones, apareció Toribio.

—¿Qué sucede—decía—, qué sucede?...

Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.