—Frasquito ha muerto... ha muerto...

—¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?

—Sí... le ha matado la mula...

Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la blancura del papel.

—¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...

—Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he visto... ¡le he visto!...

Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.

—Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?

Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la lividez de sus mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.

—Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por ahí...