Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.

En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas por el trabajo, de sus pies.

Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:

—¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...

Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las mujeres gritaban:

—¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!

Y otras:

—¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...

—También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...

Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.