Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.
Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle frases de maternal consuelo. Y agregó:
—Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que al pobrecillo estarían curándole.
Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.
Con notable naturalidad añadió:
—Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, que iba á la cuadra.
Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á todos muy concertadas y en su punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?
—Yo creía—insinuó un vecino—que el pobre, reumático como estaba, no podía moverse.
Toribio replicó:
—No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las paredes, como los niños pequeños, pero andaba...