—¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...

El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.

—Esto—dijo—huele á aguardiente.

Los que le oyeron, repitieron preguntando:

—¿Huele á aguardiente?...

—Sí...

Su cara se iluminó.

—¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...

Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los pesebres. Este último lugar, como más distante, era indudablemente el más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en la frente...

Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.