Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. Alguien dijo, con mal encubierta ironía.

—En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba ya borracho... ¡tanto mejor!... porque sufriría menos...

Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.

A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y tres alguaciles.

Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las manos á los ojos.

—Yo le quería mucho—balbuceaba—yo le quería mucho. Me había acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...

Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:

—¿Debo desnudarle?

Don Niceto repuso:

—No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.