Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, quedaron en el aire.

Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un perfil inconfundible. Todos callaban consternados.

—¡Qué golpe!—exclamó don Dimas.

No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:

—La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, debe habérsela dado el animal con la pata derecha.

La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño empezó á contarlos.

—¡Aquí falta uno!

Repuso Martínez:

—Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.

Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía haber dejado un terror.